Actualmente la mayoría de los ingresos de los hogares, no cubren las necesidades, los servicios incrementan los costos y estar preocupados se volvió cotidiano, esta situación no nos hace negativos, nos hace realista frente a un contexto cada vez más difícil.
Y ahí nos preguntamos: ¿Cómo mantener la calma? Con tantos sentimientos que por mucho tiempo nos dijeron que no estaba bien sentirlos o no nos enseñaron a poner en palabras o a expresarlos de la mejor manera posible. El enojo, la tristeza, la incertidumbre se volvió cotidiano en cada uno de nosotros y no está mal sentirlos, el problema es qué hacemos con eso, cómo actuamos.
Por ello, lo más cercano que tenemos, que no requiere un gasto económico es poder hablar, con decir lo que nos pasa y principalmente a quien comparte el día a día en el hogar. La carga, la preocupación no debe recaer en una sola persona, compartirlo con los demás, se hace más llevadero y también evitamos malosentendidos con nuestros afectos. Incluso a los más pequeños, se le puede explicar las prioridades que actualmente se tendrán como familia, sin entrar en detalles que ellos no pueden comprender; esto los libera de la culpa por nuestras actitudes. De esta forma estamos protegiendo la infancia y la adolescencia. Cuando los ingresos bajan, es fundamental que la comunicación aumente.
Otra situación común que aparece, es la queja, pero esa que se volvió un hábito y lo mejor es no quedarnos a vivir en ella. La queja nos quita energía que podemos usarla de manera productiva. Entender que hay situaciones que no dependen de nosotros y por lo tanto no podemos resolver (como la inflación, las leyes) pero podemos enfocarnos en lo que sí está a nuestro alcance. Cuando surge una preocupación, el ejercicio diario que debemos implementar es preguntarnos ¿qué de esto puedo resolver yo?
Pensamos que no hay alternativas y a veces, estas situaciones nos obligan a mirarnos de cerca, a crear o reforzar lazos humanos, a organizarnos con otras personas, a realizar compras comunitarias, intercambiar saberes, a ser más estratégicos (siempre tener un plan B), diversificar los ingresos (no depender de uno sólo); y es ahí donde las familias potencian su creatividad, empiezan o retoman un emprendimiento, deciden cómo administrar lo que queda, cómo organizarse y hacia dónde dirigir la mirada.
A veces no vemos un norte esperanzador, pero la esperanza es activa, es ponernos en acción. Aunque pareciera que cada vez perdemos más, nuestra capacidad de organizarnos y de solidaridad sigue intacta, son valores propios que no nos pueden borrar. Que la incertidumbre no nos robe el presente, debemos vivir el ahora, lo que sí tenemos, disfrutar de los “pequeños grandes detalles” de la vida, que son invaluables.
Cuidar la calma, entonces, es un acto de resistencia, de protegernos y de cuidar a los nuestros. Busquemos espacios de encuentros que nos nutran, que nos reencontremos con el valor que cada uno tenemos, así dejamos de creer que el ingreso económico o las cosas materiales, son lo más importantes. El valor más importante nos da lo que somos capaces de construir, de sostener y de reinventarnos.
LIC. NANCY NUÑEZ


