Villa Ángela — La nostalgia por la tierra natal puede tomar muchas formas, pero para Ramón Gonzáles se transformó en vida, en memoria y en flores rojas que hoy embellecen una vereda en Córdoba.
Radicado desde hace décadas lejos de su ciudad, este villangelense regresó hace un tiempo a su querido barrio tras 33 años de ausencia. En aquella primera visita, recorrió las calles de su infancia y capturó imágenes con su celular, intentando conservar fragmentos de una historia personal y colectiva que el paso del tiempo inevitablemente transforma. Entre esas fotos, una casa en particular le llamó la atención. Un mes después, esa vivienda fue demolida para dar lugar a una nueva construcción, cambiando por completo la fisonomía de la esquina. Aquellas imágenes, hoy, se convirtieron en un valioso testimonio de un pasado que ya no está.
Pero la historia no termina ahí.
En una visita más reciente a su tierra natal, Ramón volvió a pasar por ese lugar. Se alojaba en la casa de su hermano, Gorgo Insaurralde, junto a su familia, a quienes agradece profundamente por la hospitalidad. En una de esas recorridas, algo simple pero significativo ocurrió: sobre la vereda, donde crecen varios ceibos, encontró semillas caídas. Sin dudarlo, decidió llevarlas consigo de regreso a Córdoba.



Ya en su hogar, las plantó en una maceta. Varias germinaron y comenzaron a crecer, pero ante la falta de espacio, optó por conservar una sola planta. Esa fue trasladada a la vereda del edificio donde trabaja. Con el paso del tiempo, el pequeño brote se convirtió en un árbol fuerte y lleno de vida.
Hoy, ese ceibo no deja de crecer y ya ha florecido en tres oportunidades en lo que va del año. Cada floración representa para Ramón una emoción profunda, una conexión viva con sus raíces y un motivo de orgullo. No es un árbol más: es un pedazo de Chaco en Córdoba.
“El ceibo es la flor nacional, y este es chaqueño, de mi querida Villa Ángela”, comparte con entusiasmo. Para él, cuidar ese árbol es también mantener viva su historia, su identidad y el amor por su ciudad natal.
Así, entre recuerdos, viajes y semillas, Ramón logró algo más que hacer crecer un árbol: hizo florecer un vínculo que ni el tiempo ni la distancia pudieron marchitar.


