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Villa Ángela
1 febrero 2026, 6:37 pm

LA PRECARIZACIÓN EXPULSÓ A OTRA ENFERMERA DEL HOSPITAL SALVADOR MAZZA

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Villa Ángela – Después de más de 10 años de trabajo ininterrumpido, la enfermera Sonia Montenegro decidió renunciar al Hospital Salvador Mazza, centro de salud cabecera del sudoeste, cansada de sostener tareas esenciales en un marco de precarización laboral total, sin estabilidad, sin derechos garantizados y sin ningún tipo de reconocimiento institucional.

Durante una década, Montenegro cumplió funciones como enfermera bajo contratos que nunca brindaron seguridad ni respaldo, en un sistema que naturaliza el desgaste físico y emocional del personal de salud, pero que da la espalda cuando se trata de garantizar condiciones laborales dignas.

La renuncia no fue un hecho aislado ni impulsivo, sino la consecuencia de años de reclamos ignorados, guardias extensas, falta de personal y un nivel de sobreexigencia que terminó pasando factura. Lejos de recibir una respuesta por parte de las autoridades, la trabajadora se encontró con el silencio como única devolución.

Tras tomar la decisión, Montenegro hizo público un extenso descargo en redes sociales, donde puso en palabras una realidad que atraviesa a gran parte de la enfermería del sistema público y que, en muchos casos, permanece invisibilizada por miedo o necesidad.

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A continuación, se reproduce textualmente su publicación:

“Después de más de 10 años laburando como enfermera, tomé una de las decisiones más difíciles de mi vida: renunciar.
No fue de un día para el otro. Fueron muchos años de aguantar. Años de trabajar en condiciones de precarización, sin estabilidad, con contratos que nunca dieron seguridad y con derechos que, en la práctica, no se respetaron. Años de guardias largas, falta de personal, cansancio acumulado y reclamos que quedaban siempre en la nada.

Como enfermería pusimos el cuerpo todos los días. Estuvimos ahí cuando nadie más estaba. Acompañando, conteniendo, cuidando. Muchas veces con pocos recursos, con poco descanso y con mucho desgaste físico y emocional. Lo hicimos por vocación, por responsabilidad y por la gente. Porque creemos en la salud pública.

Pero el cuerpo pasa factura. La cabeza también. Y llega un momento en el que uno se da cuenta de que seguir así es seguir aceptando algo que no está bien. Nadie debería naturalizar trabajar sin estabilidad, sin reconocimiento y sin que se respeten sus derechos.

Esta renuncia no es falta de amor por lo que hago.
No es falta de compromiso con la comunidad.
Es una decisión tomada desde la dignidad.

No dejo la enfermería.
No dejo de cuidar.
Dejo la precarización, el destrato y el silencio.

Hacer público esto también es una forma de decir basta y de visibilizar una realidad que muchos trabajadores de la salud viven y callan. Ojalá algún día cuidar no implique dejar la salud y la vida en el camino”.

El caso de Sonia Montenegro expone, una vez más, cómo el sistema de salud pública sostiene su funcionamiento sobre el sacrificio de trabajadores precarizados, mientras la falta de políticas de regularización y reconocimiento empuja a profesionales formados y con experiencia a abandonar los hospitales.

La renuncia de Montenegro no es solo una pérdida individual: es otra señal de alarma sobre un modelo que expulsa a quienes cuidan.

 

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